Rebelión es mirar una Rosa: a 45 años de Pizarnik

3c4b460360714ab8a4191fafa4cb0a0eNuestra patria tiene la suerte que sus dos poetas malditos hayan sido poetisas, pero hoy especialmente hablaremos de Alejandra Pizarnik.
Es indiscutible que esta artista descendiente de rusos dejo su surco en el fértil campo de la literatura argentina, pero, incluso hoy, no se dimensiona la profundidad del mismo.
Pizarnik nació el 29 de abril de 1936 de padres rusos. De más está decir que su vida – al igual que la de todos los poetas malditos – estuvo cruzada por las penurias y demonios que flotan dentro de nuestras almas, pero que muchos decidimos ignorar. Bajo la sombra de la belleza y estructura de “mujer ideal” de su hermana y la presión indisoluble de su madre, Alejandra decidió apartarse de eso. Convertirse en el opuesto absoluto. Ser un arquetipo. Y, definitivamente, lo logró.
El volverse tan violentamente diferente fue lo que la impulsó a la poesía, fuertemente arraigada de cuestionamientos, como lo fue su vida (“¿de que soy culpable? ¿por qué este eterno sufrir?”), la necesidad de reconocimiento, el destierro que sentía en su tierra, y, por supuesto, un desahogo para los monstruos en su interior.
Sin embargo, esta conjunción de su vida y su poesía fue fatal. El 25 de septiembre de 1972, se quitó la vida, dejando tras de sí una marca profunda y rápida, quizás hasta violenta, en el arte; y también una enorme cantidad de escritos y poemas; y una enorme estatua en el panteón de nuestros próceres literarios.
Quizás ella no hubiera querido su figura. Tal vez hubiese querido una rosa. Y, quizás, hubiese querido que mirásemos la rosa hasta pulverizarnos los ojos…
Quizás, de vez en cuando, convendría tomar ese viejo libro de una poetisa de nombre curioso, y leer uno o dos poemas. Así, podríamos realmente mirar la rosa.